¡Busca!

“¡Busca!, ¡Busca!, ¡Busca!”

Todavía recuerdo con temor aquella palabra perforando mis oídos y guiando sin sentido la prolongación de mi cuerpo sobre el suelo, empujándome a la nada sin dejarme pensar.

“¡Busca!”, me decía, y yo intentaba razonar, pero era tal la urgencia de encontrarla que apenas si podía coordinar el movimiento por los pasillos laberínticos de la barroca mansión.

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