Acerca de mí

No soy la madre de Caillou… Ni falta que hace. Sé que no se debe empezar una descripción de uno mismo con una negación, pero es que, como ya os digo, no soy la madre de Caillou, y eso significa que no soy perfecta, que no siempre hago lo que debo aunque sepa lo que debo hacer, que me equivoco de vez en cuando y que en ocasiones tropiezo intentando ser feliz. Y digo bien: “ser feliz”. No digo “hacer felices a los demás” ni nada por el estilo. Digo “ser feliz”, pues hace un tiempo descubrí que sólo así conseguiría que los que me rodean también lo fueran.

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De todos los que me rodean, mis hijas son las que se llevan la mejor parte de mi felicidad. Cuando aposté por mí misma y decidí dejar de poner a todos los demás por delante, mi hija mayor, que entonces tenía 4 años recién cumplidos, me dijo: “ahora estás mejor, mamá, porque hueles bien y te pintas las uñas”. Ella es mi Ingeniera de Cominos, mi brillante complicación, el espejo racional en el que mirarme, la que más me fascina y, seguramente, la que consigue sacarme de mis casillas más a menudo con sus no tan pequeñas manías y su siempre acertado y mordaz análisis de la realidad. Pero… Qué le vamos a hacer… No soy la madre de Caillou.

Como no lo soy ni lo quiero ser, a veces pierdo los nervios. Cuando Rosie, la hermana de Caillou, tira los cereales pringosos del desayuno por el suelo de la cocina y salpica la pared, su mamá, con su sempiterna sonrisa, le dice suavemente “oh, Rosie… Eso no se hace, cariño… A mamá no le gusta que tires los cereales…” Yo lo he intentado, lo juro, pero… No me sale. Cuando mi Bola Que Más Mola, mi medianita favorita, mi precioso koala que no destaca precisamente por ser la más habilidosa de la casa -al mismo nivel que su madre- intenta hacer la voltereta lateral en el salón y arrastra a su paso una silla que golpea la mesa del comedor, dos marcos de fotos con sus correspondientes cristales y un jarrón lleno de piedrecitas de colores sin que a mí me dé tiempo ni siquiera a decir “¡espera!”… me enfado. Y mucho. Aunque con ella es con la que más me cuesta enfadarme, porque tiene preadjudicado un Óscar a la Mejor Actriz de Reparto y sabe manejar como nadie la caída de pestañas. Y me gana… Me gana con sus ojos enormes y sus hondos pucheros… Porque, no… No soy la madre de Caillou.

A cambio, tienen una madre feliz. No a todas horas, claro, pero sí casi siempre. Cuando hacemos nuestra “ronda de te quieros” por la noche y nos decimos por qué queremos a cada una y por qué nos queremos a nosotras mismas, mi Pequeña Plon, la artista antes conocida como “Tercerita” o “La Niña que se empeñó en nacer”, mi sorpresa gordita me dice que me quiere porque “tienes el pelo largo como Rapunzel y una sonrisa de oreja a oreja y porque haces muchas cosquillas”. Entonces yo me vuelvo a prometer que ella es mi última oportunidad y vuelvo a decidir que no dejaré que crezca y que siempre será mi bebé… Sé que no es lo correcto pero… No soy la madre de Caillou.

Ellas son las principales perjudicadas de que su madre no sea la madre de Caillou… Pero también son las que más disfrutan de que su madre decidiera, hace ya unos años, quitarse la capa y decir que ya estaba bien.

Por eso, porque me quité la capa, abro este espacio personal al que os invito a entrar. Porque la capa que me obligaba a ser tan perfecta como la madre de Caillou antes incluso de que yo supiera de su existencia pesaba tanto que no me permitía moverme, y bloqueaba mis dedos cuando mi mente les pedía que se pusieran a escribir. Porque el antifaz de mujer perfecta que yo misma me anudé con fuerza no me dejaba ver lo que valía, y cerraba el foco siempre en los errores, en el posible fracaso, en el miedo a no ser lo que todos esperaban que fuera.

Dice WordPress que en esta página tengo que decir quién soy, por qué escribo este blog y qué objetivo tengo. Pues… No sé… No sé muy bien quién soy, sólo sé que me gusta lo que veo cada día en el espejo. Tampoco sé por qué hago esto, pero me apetece mucho hacerlo. Y no pretendo nada… Tan sólo contar historias grandes y pequeñas que, a ser posible, os gusten.

Debería tenerlo todo más claro, lo sé, pero… ya sabéis: No soy la madre de Caillou.

¡Bienvenidos!

P.D.: La inspiración para el nombre de este blog me llegó leyendo este fantástico artículo sobre los dibujos que ven nuestros hijos. ¡No os lo perdáis!

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