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El mundo está lleno de mujeres y hombres buenos

Ayer MisMonas y yo cantamos esta canción en el coche y decidimos incluirla para siempre en nuestra lista de Spotify. 
Les conté que la mamá de Gabriel había pedido que la escucháramos todos porque fue la última que bailó con su hijo. Su bebé. Su Pescaíto.

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Nada de harakiris

Para ti, mi otra hermanica. La rubia.
Por nosotras, las reinas del harakiri.

 

Sí, es cierto: podía haberlo hecho todo mucho mejor. Lo reconozco.

Lo hice fatal.

Todo.
En general.

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…Pero no te olvides de Forges

Vivíamos en L’Hospitalet, así que yo debería tener unos cinco o seis años. Mis padres se reían mirando una revista y yo me acerqué a curiosear. Era un chiste de Forges, pero yo no lo entendía.

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Beben y beben… ¿Pero qué beben?

Me recuerda  Facebook por qué un día como hoy, hace tres años, decidí prohibir los villancicos en casa… La “culpable”, cómo no, fue la Ingeniera de Cominos, que entonces tenía 5 años.

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It’s a kind of ‘logic’

akindoflogic

Estoy empezando a plantearme seriamente dejar de conducir a solas con la Ingeniera de Cominos. Yo creo que aprovecha que voy atada y sin posibilidad de escape para atacar a traición y por la retaguardia.

–¿Te puedes creer, mamá, que hay niños que piensan que los Reyes Magos no existen?
¡Que son los padres, dicen!– me suelta hace unos días así, a bocajarro.

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Papá

Recuerdo la primera vez que lo vi llorar. Se había muerto un amigo, ahora entiendo que demasiado joven, aunque entonces a mí me parecía que ya habían vivido lo suficiente. No sé cuántos años tendría yo, pero pocos. Estábamos en la cocina de nuestra primera casa y él lloraba desconsoladamente. Decía que era injusto y temblaba, apoyado sobre la encimera. Me asusté. Me asusté porque en mi mundo los papás no lloraban. Nunca había visto a uno llorar… y menos al mío.

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¡Busca!

“¡Busca!, ¡Busca!, ¡Busca!”

Todavía recuerdo con temor aquella palabra perforando mis oídos y guiando sin sentido la prolongación de mi cuerpo sobre el suelo, empujándome a la nada sin dejarme pensar.

“¡Busca!”, me decía, y yo intentaba razonar, pero era tal la urgencia de encontrarla que apenas si podía coordinar el movimiento por los pasillos laberínticos de la barroca mansión.

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