Nuestro lugar

Misa funeral por mi hermana

Herreros (Soria)

Mi familia -mi familia de origen: mi padre, mi madre, mi hermana y yo- siempre fue un poco titiritera. Mi hermana y yo pasamos toda nuestra infancia y adolescencia de ciudad en ciudad, de colegio en colegio… 

Cada cuatro años, más o menos, teníamos que empezar de nuevo. Y aunque en cada lugar que dejábamos moríamos un poco, cada nuevo destino era también una oportunidad para reinventarnos, para ser una familia un poco distinta.

Durante todos esos años… e incluso después, cuando cada uno eligió dónde y cómo vivir, solo un lugar permaneció constante en nuestras vidas: este lugar. Herreros. Para nosotros, «el pueblo», sin más.

El pueblo fue siempre el lugar al que volver de nuestra pequeña familia. Daba igual desde dónde… o los kilómetros que hubiera que recorrer… o las horas de coche… con mayor o menor frecuencia… al final, volvíamos al pueblo. No importaba qué camino tomáramos para llegar. Cuando empezábamos a ver la tierra roja, sabíamos que estábamos en casa.

Este es, por tanto, el único lugar al que no podemos engañar. El único que conoce nuestra esencia. El único lugar en el que hemos sido y somos desde el inicio. El único lugar en el que no hemos podido partir de cero. En el que ha tocado evolucionar cargando con el peso del pasado. 

Por eso no puedo contar muchos recuerdos felices de nuestra infancia aquí. Mi hermana y yo nos llevábamos mal en esa época. Así, sin paños calientes. 

El último verano que pasamos aquí antes de que yo me fuera a estudiar a Madrid; es decir, con 18 y casi 23 años respectivamente, nos peleamos por el secador y del empujón que me dio me tiró a la bañera. 

Aquí nos peleamos mucho. Muchísimo. Aquí se chivó a nuestros padres de todas y cada una de las veces que bajé al pantano de noche -de las que se enteró, claro- y aquí le robé la moto… con la mala suerte de que me pilló la Guardia Civil. Aquí hizo como si yo no existiera durante muchos años. Muchos.

Pero también fue aquí donde todo empezó a cambiar. Y donde más pudimos celebrarlo.

Aquí me enamoré sin remedio de uno de los hombres de mi vida: Mi Marquetes. Aquí lo disfrutamos como en ningún sitio. Cuando él era el único. Nuestro niño. Disfrazado de ficha de dominó o entre mis piernas en el mehari con el Yeye al volante y la yaya y la Veva de «copilotas».

Aquí nos encontramos de repente rodeadas de «petardas». Aquí criamos juntas a nuestros hijos con el acuerdo tácito de que cada una se ocuparía de educar a sus hijos y de consentir a sus sobrinos. Aquí se quedó ella con Blanquita un verano para que yo me fuera de vacaciones. Y la bajaba al pantano en pijama y le daba chuletas en la arena, como a Carmen. Aunque a mí no me gustara.

Aquí le hizo sopa a Elena, su «Relulín», todas y cada una de las noches que ella quiso sopa. Que fueron todas las noches. Aunque yo le dijera que tenía que comer lo mismo que los demás. 

Aquí se dejó las piernas enseñando a Belén a montar en bici sin ruedines. Solo porque yo tenía que agacharme más y me dolía la espalda. 

Aquí nos reímos hasta llorar. 

Y lloramos, sin más.

Fue en este lugar donde mi hermana cogió mi mano fuerte cuando mi divorcio no tenía vuelta atrás. Una mano que nunca jamás soltó. Incluso cuando tomé decisiones que ella no compartía.

Y cada noche, cuando conseguíamos acostar a los cinco y terminar de recoger, agotadas, sin fuerzas para nada más, nos sentábamos en los escalones de casa con un vino y, hombro con hombro, veíamos el verano pasar. En silencio. Sabiendo que siempre -siempre- estaríamos la una para la otra.

De esta forma, este lugar se convirtió en nuestro lugar. Aquí me quedé con Marcos, Blanca, Carmen, Elena y Belén el verano de 2015. Y con el yeye, que a veces era un niño más,  para que Pepe y mi madre pudieran dedicarse en exclusiva a ella y ella pudiera dedicarse en exclusiva a curarse. 

Aquí lo celebramos todo. Aquí ganamos el concurso de disfraces un año… y otro… y otro… y no ganamos el de la tapa porque nos tenían manía ni el de tortillas porque el jurado no tenía ni idea. 

Aquí nos reencontramos con los primos. 

Aquí convertimos a Chema y a Nunete en el «cuñaíco guapo» y el «zobrinaztro». Y construimos la familia que hoy somos.

En este lugar recuperamos fuerzas y volvimos a empezar. Aquí lloramos a nuestro padre. Y le cantamos. Aquí decidimos que todo lo que nos había dado él se quedaría aquí. Y que viviríamos juntas. O casi juntas. Y dibujamos un montón de sueños en forma de casas con jardín común. Y nos imaginamos -ya de viejas- vestidas iguales, con un vino en la mano, sentadas bajo las estrellas riéndonos de todo y de todos. Criticando seguramente -pero poco, muy poco- a cualquiera que pasara por allí.

Aquí, en resumen, hemos sido felices. Y hermanas. En esencia.

Es lógico que todo acabe aquí. Es la única lógica que le encuentro a todo este sinsentido. A este despropósito que ha venido a jodernos los planes, con perdón. Y la vida. Porque lo lógico era que todo fuera bien, tal y como yo le había prometido.

La última vez que hablé con mi hermana fue por WhatsApp. Apagaban las luces de la UCI y teníamos que despedirnos. Le escribí «Te quiero, harmanica». Y ella contestó «no lo he dudado NUNCA».

Solo este lugar conoce el verdadero significado de ese «nunca». Solo aquí adquiere su verdadera dimensión. 

Será aquí, nenica, donde tengamos que seguir siendo sin ti. Aunque no sepamos muy bien el qué ni cómo. Aunque no nos apetezca nada.

Será aquí donde tengamos que reinventarnos como familia una vez más. 

Esta vez sin ti.

Pero por ti.

4 comentarios en “Nuestro lugar

  1. Avatar de Desconocido Anónimo dijo:

    No dudes nunca que te quiso siempre , como tú a ella. Que suerte la mía que los traslados os llevarán a L’Hospitalet. Nunca se se han borrado los recuerdos de esos años . Os abrazo desde la distancia pero muy cerca de corazón 🥹♥️

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  2. Avatar de Desconocido Anónimo dijo:

    Solo puedo decir, desde la tristeza más absoluta, que tuve la gran suerte de compartir con ella y contigo los mejores momentos de mi infancia, recuerdos que han quedado ahí grabados en mi corazon PARA SIEMPRE. De nuestra familia de vecinos en Alcorcon, hemos ido perdiendo trocitos, muy dolorosos, pero que son ley de vida, si perdidas que entran dentro de lo «normal», aunque duelan…. pero tu pérdida NO, no entra en ese saco de normalidad, es tan injusta, que no hay palabras de consuelo, o yo no las encuentro…. Mucho ánimo Itxi y Mari, solo os puedo decir, aunque no es necesario, lo orgullosas que tenéis que estar de ella y de vosotras. Sois de mis personas «especiales» y espero seguir estando ahí, COMO SIEMPRE. Os quiero mucho.

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    • Avatar de NoSoyLaMadreDeCaillou NoSoyLaMadreDeCaillou dijo:

      No hay consuelo, Anita. Nada puede aliviar esta pena… pero compartirla en familia, con todas las pequeñas familias que fuimos atesorando en nuestro ir y venir, nos reconforta un poquito el alma. Siempre seréis nuestra familia y otro lugar al que volver. Os queremos mucho. 💛

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