Hoy hace un año que perdí a mi hermana.
Aunque creo que la frase que mejor expresa el dolor por mi pérdida es “hasta hace un año yo tenía una hermana”.
Una única hermana, además.

Lo recalco porque esto es algo que me han repetido varias veces a lo largo de estos meses y que no ha dejado de sorprenderme: “¿Tenías más hermanos? ¿no? Vaya… uf, mucho peor entonces…” como si tener más hermanos te librara del dolor por haber perdido una. Como si la pena pudiera repartirse así, por porciones, como las pizzas. Si sois 3, duele un tercio… si sois 4… solo un cuarto.
Yo solo tenía una hermana. Una única hermana.
Pero era una hermana que valía por todas las hermanas del mundo. Que ocupaba el espacio de una familia super numerosa. Que hablaba por todos los hermanos que nunca tuve, que organizaba por todos, que decidía por todos.
Y es que yo no tenía una única hermana.
Tenía una hermana única.
Una hermana que se notaba. Que existía.

Ha pasado un año desde que murió. Un año con todos sus meses llenos de semanas. Con su Navidad, sus fiestas de disfraces, sus cumpleaños, sus sonrisas sin brackets, sus notas finales, sus campamentos de baile, sus rebajas de verano y de invierno, sus obras terminadas en la casa del pueblo, sus coches rotos y sus coches nuevos. Un año hasta con campeonato de España.
Un año con sus derrotas… y también con sus pequeñas victorias.
Ha pasado un año repleto de días. Días enteros sin mensajes de WhatsApp y sin llamadas de horas. Días enteros sin su voz. Días empeñados en recordarme que ya no está. Que no va a volver. Que todo eso que existía ya no existe. Y que no existirá nunca más.
En este tiempo, he tenido que pedir ayuda.
Ayuda para dejar de estar enfadada.
Ayuda para lidiar con esta pena… que se antoja infinita.
Ayuda para aprender a ocupar un lugar que no me gusta. Sabiendo lo que ella querría, pero consciente de lo que está en mi mano y lo que no.
Ayuda para aprender a vivir en un mundo sin ella.
Ayuda para gestionar estas ganas constantes de tirarme al suelo a llorar y a patalear porque quiero que vuelva. Estas ganas de gritar que no, que no quiero que esté muerta. Que yo quiero seguir teniendo una hermana. Mi harmanica. La única.
En este tiempo, todos hemos necesitado ayuda.
Y creo que todos la hemos encontrado en el mismo lugar.
Hace unos días, Chema y yo veíamos una serie y un personaje le preguntaba a otro cómo se podía superar el dolor por la pérdida de un hijo. El otro contestaba “como se superan todos los dolores: con familia y amigos”.
Y así ha sido.
Familia y amigos que han vivido su propia pena. Que han transitado también por este año sin su prima, sin su cuñada, sin su amiga o su compañera. Y que lo han hecho, además, viendo sufrir a quienes, como yo, han perdido una hermana, y a quienes han perdido a su mujer, a su hija o a su madre.
A ellos les pedí hace unos días que nos acompañaran hoy, aunque no pudieran estar físicamente, y que me ayudaran a recordar su imagen y a reconfortar mi dolor, el de Pepe, el de Marcos y Carmen, y el de mi madre. Les pedí una palabra, una frase, un recuerdo que definiera estos primeros meses sin ella, para regalároslo a vosotros en esta ceremonia.
Hay una palabra que se repite casi en todos sus testimonios: la risa. “Con Arantxa eran todo risas”, “Arantxa era capaz de cambiar un día aburrido por una historia magnífica”, “echo de menos el humor, las risas…” o “echo de menos su risa y su fortaleza, manifestada siempre en sentido del humor”… son algunas de las frases que me han hecho llegar. Una risa que desembocaba en una alegría inmensa, la misma que derrochaba en familia y que es lo que más ha echado de menos su pequeña Belén.
Muchos tenemos una palabra asociada a ella. “Fuego!!, fuegooo!!”, es la de Santi el pequeño, que la recuerda de la última barbacoa de los primos. Él comparte además otra palabra conmigo: “harrrrmanicaaaa”. “¡¡Be carefule!! o “¡¡estoy interesada!!”, son las de Chemita, su “cuñaíco guapo”, mientras para Mari, de Herreros, es “¿Dónde estaba yo?” y Nico, nuestro vecino de Silvina, la recuerda gritando “Spain is beautiful, I love Spain!!” asomada a la ventanilla de la limusina de la comunión de Elena, como si fuera Madonna.
Porque Arantxa era así, “un tornado que te arrastraba”, como recuerda Jose, para nosotras siempre “Lucas”. “Una persona que deja huella, que transmitía calidez, fortaleza y honestidad”. “Una jugadora de equipo total”, dice Santi el Mayor, “siempre pendiente de todos, priorizando sobre ella”. “Arantxa era luz, risas, amor”, para Nany, y Arantxa es hoy “ausencia” para Marieta, nuestra vecina de Alcorcón. Una ausencia insustituible en ese “universo femenino” que tanto admiraba.
Pensar en la ausencia de Arantxa, dice Gemma Tatay, su amiga en la infancia, le hizo ser plenamente consciente de lo que nos arrebata la muerte prematura: el tiempo futuro, aquel que imaginábamos despreocupado, feliz y pleno. Recordarla cuando pasa por la que era nuestra casa en L´Hospitalet o por la oficina de Correos en la que trabajaban nuestros padres, hace que le invada la nostalgia y la tristeza por su ausencia. “Por ese tú y yo del pasado volviendo del cole con tus trenzas y tu hermana pequeña detrás”.
Eso… su ausencia… se nos ha hecho especialmente pesada a todos. A Olgui, que ha vivido tantas cosas con ella…. que no puede decir mucho más. A Anita Faraldos, que atesora mil momentos. A su Eva, que se enfada porque debería haberle dicho más veces que la quería mientras recuerda cómo su amiga era capaz de atrapar piojos en bolas de plastilina para demostrarle a las madres que SÍ que había piojos en clase.
O la primi… que lo echa de menos TODO.
Si hay un lugar en el que se nota especialmente esa ausencia es en el pueblo, donde estábamos todos juntos y donde más la echa de menos su Albica. Y su tocaya, Arantxa, que habla por todos cuando dice que nada allí será lo mismo sin ella. Y que se emociona cuando nos recuerda a Chema, a la prima Marta y a mí bajando la cuesta del frontón el verano pasado, disfrazados, luchando por mantener todo aquello que a ella tanto le gustaba. Allí le gustaría poder seguir compartiendo vivencias al primo Óscar, que dice que la sigue queriendo como cuando eran niños, en ese lugar “que nos ha visto crecer, madurar, pelear, compartir, reír, llorar… en fin, que nos ha visto vivir”.
Recuerdos todos que anudan emociones mucho más profundas. Como la de los yayos, que a pesar del poco tiempo que pudieron disfrutarla y sin saber cómo, sienten que “fuimos familia”, los de Chema, que siente que mi hermana le admiraba sin haber hecho nada especial para merecerlo. Solo porque sí. O los de Marta, nuestra vecina en Silvina, que promete seguir siendo su proveedora oficial de velitas por todas las iglesias de Europa, segura de que lo que más le gustaba a Arantxa era que esas velitas las pusiera una atea.
No ha sido posible recoger todos los pensamientos bonitos que he recibido estos días. Los he metido en un bote para que no desaparezcan nunca. Algunos mensajes no me han llegado directamente: se han colado en algún estado de WhatsApp, o en alguna canción que nos recuerda a ella sin saber por qué. Otros han llegado en forma de objeto, como esta foto que mi primo David me ha pedido que trajera a la misa. O el jersey rosa de Esther como homenaje definitivo…
Pero creo que mi hermana querría que compartiera con todos las palabras de su amiga Marta, de Herreros.
Porque son un regalo:
No hay día que no me acuerde de ella.
Amiga, ya ha pasado un año y todavía no me ha dado tiempo a asimilar que cuando vaya a Herreros no te encontraré, que no nos comeremos un torrezno, ni iremos a por fósiles…
He ido a verte un par de veces, me he sentado contigo y he admirado la vista estupenda que te has buscado para la eternidad, ¡siempre supiste hacer las cosas bien!
Tengo tantos buenos recuerdos, de tardes cálidas contándonos nuestras cosas y llenas de risas. Eso es lo que más echo de menos, las risas, lo ingeniosa, mordaz, aguda, inteligente y divertida que eras.
A veces el paraíso es apoyar la cabeza en el hombro correcto.
Abrazaré por ti a tus hijos y a tu familia cada vez que me los encuentre, aunque sé que estás muy cerca de ellos, cuidándolos, ¡¡¡¡menuda madraza, ni en el más allá los dejas!!!! Seguro que te siguen escuchando.
Todo era tuyo… tu Pepe, tu Carmen María, tu Marcos…
Como te conozco, sé que estarás pendiente de todos y de todo.
Bueno, flor, para terminar te voy a escribir unas palabras que no son mías, son de Mario Benedetti, pero representa todo lo que siento por ti:
Te quiero así…
A voz bajita
y latidos altos.

































Ahora, que tanta alegría pasada es un dolor inmenso, terrible , hondo e insoportable se hace mucho más fuerte su presencia que su ausencia… Yo sé que sigue con nosotros aunque, para mí desgracia, tenga que conformarme con abrazar y besar el «Amigurumi», que con tanto cariño, tejió para mí para sentir o para gritar y convencer a mi alma rota
Me gustaMe gusta