Una perra en la cama

—Mamá, ¿qué es ser una perra en la cama? —me pregunta mi Koala de 7 años con su voz dulce y cantarina y sus enormes ojos redondos y curiosos clavados en los míos -ojerosos, cansados y atemorizados-.

—¿Que qué es ser una perra en la cama? —repito como un papagayo con fingida indiferencia mientras miro a mi alrededor como un conejo asustado, buscando una salida, una vía rápida de escape.

—Sí. ¿Qué es, mami? —pestañea ella, esparciendo inocencia.

La Ingeniera de Cominos, que viene con la parabólica incorporada de serie, asoma la cabeza de la nada, como si se hubiera teletransportado.

—¿Qué pasa? ¿De qué habláis? —pregunta.

—De nada— respondo rápido girándola por los hombros para que se vaya, mientras mi cabeza sigue trabajando rápido una respuesta adecuada.

“Una perra en la cama, una perra en la cama, una perra en la cama…”, me repito tratando de deshacerme de mi primogénita, a la que —estoy completamente segura— no le va a servir mi argumento. “¿Cómo explico yo qué es ser una perra en la cama?”

Mi Medianita Favorita trunca mi intento de eliminar a su hermana mayor de la ecuación.

—Le he preguntado a mamá qué es ser una perra en la cama —le aclara ella, siempre tan dispuesta, mientras la empujo hacia la puerta…

—¡Ah! —añade su hermana mayor, tan contenta como interesada en el tema, zafándose de mis manos—. ¿Y qué es? —le pregunta.

—Todavía no lo sé. Me lo va a explicar mamá ahora.

“Hombre… ahora-ahora… lo que se dice ahora… Tampoco tiene que ser ahora ¿no? Que la inmediatez está sobrevalorada. Que quien dice ‘ahora’ dice cuando cumpláis los 18 ¿no?”, pienso, desesperada, con el cerebro on fire en segundo plano.

“Una perra en la cama, una perra en la cama, una perra en la cama… ¡Joder! No me viene nada… Bueno… sí… Venirme, me viene… Pero… ¡Eso no me vale!”

—¿Pero de dónde habéis sacado eso? —pregunto para ganar tiempo.

—Es de la canción de Sin pijama —me aclara La Plon, que hace su entrada en escena.

Y canta, meneando el trasero:

Siempre he sido una da-maaaaaa
Pero soy una perra en la caaa-ma

Así, con todo el flow que puede tener una criatura de 5 años perreando.

Mi Medianita Favorita se incorpora al tema y entre las dos me ponen a tono, nunca mejor dicho.

“Genial”, pienso. “Éramos pocas y parió Becky G”.

La Ingeniera de Cominos, que a sus 9 años está absolutamente segura de que el espectáculo no es lo suyo, tiene la ceja ya a la altura de la coronilla. Me observa detenidamente. Me parece adivinar una diabólica media sonrisa.

Sí, lo sé.
Ella está de vuelta de todo.

La miro y siento otra vez ese hielo en la espalda. Ese que solo ella es capaz de hacerme sentir. Noto el peso de una mano fría en el hombro y oigo de nuevo esa gélida voz que me susurra al oído, erizándome el vello de la nuca: “lo sabe. Ella sabe qué es ser una perra en la cama. También sabe lo de los Reyes, lo de Papá Noel y el Ratón Pérez… Lo sabe y te pone a prueba, nena. Te vacila… y lo sabes…”

—Bueno… Entonces… ¿Qué es ser una perra en cama? —inquiere el Comino Mayor, tan ansiosa por conocer mi respuesta como por dejar de oír cantar a sus hermanas.

Acorralada y aterrorizada, en mi mente resuena The show must go on. Dejo que las pequeñas continúen con el suyo mientras espero que el mismísimo Freddy me inspire para recomponerme y brillar como solo yo sé. De pronto, la musa viene a mí. Ahí está. Con fuerza, cobrando forma, como un jarrón brotando del torno de un alfarero bajo un único y potente foco. Espectacular. Brillante. Única. Increíble…

Una idea.
Qué digo…

¡LA-I-DE-A!

Exultante, feliz, abandono mi pequeñez y me agacho a la altura del Koala, que sigue meneando el pompis mientras canturrea no sé qué de fumar marihuana. La miro a los ojos y le pregunto con voz firme:

—A ver… ¿Tú has visto cómo duerme la siesta la Tía-Abu con Pelos? —refiriéndome a mi tía y su perrito, un Yorkshire divino que es la mascota de toda la familia.

—¡Sí! —añade ella—¡Es supercuqui! Se hace un ovillito con la Tía-Abu y ella le hace cosquillas y a él le gusta un montón.

—¡Pues eso es!
Ser una perra en la cama es lo mismo que ser Pelos… ¡pero en perra!

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Me incorporo y compruebo orgullosa el resultado.

La Plon sigue bailando, a lo suyo.
Bien.

El Koala me mira con admiración. Sigo siendo la que más sabe del mundo.
Bien.

La Ingeniera de Cominos tiene la boca abierta, la mirada perdida en un punto fijo de mi cara y el entrecejo arrugado como una abuela de 80 años. Hace el amago de pronunciar un “pero” que yo ahogo rápidamente dando palmas y preguntando a voces quién quiere algo de comer. “¿Chocolateeee? ¿Chucheees? ¿Qué os apetece, chicaaaaaas? ¡Podéis pedir lo que querááááááis!”

Bien.

Prueba superada.

Y ya, si eso… que se lo aclare a cada una su novio cuando toque.
Cuando corresponda… quiero decir.

 

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