Cita

¡Carísimos!

16:30h. Patio del colegio. Salen Mis Monas: Medaslamerienda mayor, Medaslamerienda mediana y Medaslamerienda pequeña.

“Venga, vamos, que llegamos tarde”.

(Nota mental: Debería  apuntar las veces que digo esta frase al día… Aunque entonces se me haría aún más tarde… 🤷🏼‍♀️)

Avanzamos dos pasos y me cruzo con esa mamá maravillosa  que se ha encargado de comprarle el libro de guitarra a Mi Medianita Favorita. “¡Ay, qué bien que te veo! ¿Cuánto te debo? 20€. Toma, ¡muchas gracias!”.

Continuamos. Tres pasos más y visualizo a su catequista. Me viene un billete a la cabeza. “Oye, ¿le he dado a la niña los 5€ que habíais pedido? 🤔 No, solo falta ella por pagar… 🙄🙄. Madre mía, qué desastre… Toma… ¡Y perdona!”.

Conseguimos cruzar el portón. Me confío, esto está hecho, pero me aborda una mamá de la clase de Tercerita. “¿Vas a participar en el regalo de Menganita? Son 10€. Sí, sí… ¡Claro! Toma. ¡Y mil gracias por encargarte!”.

Camino del coche, el Comino Mayor me cuenta que necesita un candado para su taquilla. “¡Pero si ya te he comprado uno! ¡¡Que me ha costado 9€!! Ya, pero no vale. La taquilla se abre. No tiene el diámetro adecuado”. Pasamos por la ferretería. 12€.

En el coche, Tercerita se echa a llorar. Que ha perdido su botella nueva. Esa libre de bisfenoles, BPAs, contaminantes y TOLOMALO free que le había comprado en la farmacia una semana antes a precio de oro…

Cuento hasta 1000 antes de gritar y farfullo que yo sé de una que va a beber en la fuente del patio el resto de sus días.

Se hace un silencio incómodo que rompe La Ingeniera de Cominos: “entonces… mami… no es el momento de decirte que he perdido la pelota, ¿verdad?”

1001… 1002… 1003…

–Mamá…– dice Mi Medianita Favorita, que había estado observando en silencio hasta el momento.
–¿Qué?– contesto yo sin ningún interés mientras conduzco y hago recuento de lo que me he gastado en 20 minutos.
–Pues que he decidido que no voy a tener hijos… Bueno… no lo sé… a lo mejor alguno sí… pero tres como tú, seguro que no. Como mucho, uno…

Intentando no articular ese “harías bien, seguro que vives mejor que yo” que se me enreda entre los dientes, le pregunto por qué y aprovecho para explicarle que no es obligatorio ser madre. “A ver… No tener hijos es una opción como otra cualquiera, pero tú siempre has dicho que querías tener hijos…”

— Ya… Pero… –titubea antes de decidirse a darme una respuesta sincera– Es que… es que no sé, mamá… porque… a ver… es que yo te veo a ti TOOOODO el día soltando dinero y VEEEEENGA a soltar dinero y VEEEEENGA a soltar dinero… ¡Y me he dado cuenta de que los hijos salimos CARÍÍÍÍSIMOS!

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