La camiseta de los pavos (o cumpleaños feliz, TíaA)

Mi hermana, la TíaA, tiene cáncer de mama. O lo tuvo… no sé. Ahora no lo tiene (que sepamos), pero yo no sé si estas cosas se tienen para siempre o si llega un momento en que puedes hablar en pasado con propiedad. Mi hermana mayor, mi única hermana, la TíaA, tampoco es la madre de Caillou… ni siquiera es la tía de Caillou. Pero hoy es su cumpleaños y, desde que tiene –o tuvo- cáncer de mama, a mí me da la sensación de que tenemos que celebrarlos todos mucho más.

Me acuerdo del día que me hizo tocarle el pecho. Era un fin de semana de mayo y celebrábamos el sexto cumpleaños de la Ingeniera de Cominos. También había elecciones y yo no pude ir a votar y me dio mucha rabia. Me acuerdo de su cara y de cómo me decía que aquello era muy raro. Yo pensé: “ya está otra vez con sus películas”. Eso pensé. Y no le di más importancia.

Cuando se fueron, el domingo, me dio un abrazo. Yo le dije “ya verás como no es nada”.

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Ja. Casi acierto.

Era, sí que era. Y de los malos. De los que te cogen cariño y vienen para quedarse.

Con él, llegaron muchas cosas. Llegaron  las que todos esperábamos: Operaciones. Postoperatorios. Pruebas. Esperas, incertidumbres. Miedo. Buenas noticias. Malas noticias. Dolor. Recuperación. Llanto. Miedo. Quimioterapia. Radioterapia. Pañuelos, peluca. Delgadez. Miedo. Lágrimas. Más operaciones. Más miedo. Mucho miedo.

Pero llegaron también otras: FAMILIA (así… con todas las letras). AMIGOS (al mismo nivel). Risas. Unión. MADRE. Nuevas formas de belleza. AMOR. Esperanza. Confianza. Unión. Reparación. Ilusión. Unión.

Un año después de aquello, las amigas de la TíaA decidieron organizarle una fiesta sorpresa. Entonces parecía que estaba todo superado y existía una especie de euforia general por la celebración. La fiesta era para ella y para LaMamma, el apoyo indiscutible de todos a lo largo del proceso.

Nos vestimos todos de rosa. Hicimos vídeos con fotos antiguas. Nos escondimos detrás de los arbustos. Mentimos a la TíaA, que andaba como loca por organizar algo ese fin de semana. Cuando La Plon le contó al Padre de las Criaturas que se iban a una fiesta le aclaró: “pero no es una fiesta de cumpleaños, papá. Es una fiesta para que a la TíaA se le cure el corazón”.

Nadie podría haberlo definido mejor.

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Ese día quise hablar. Necesitaba hablar. Podría decir que me rogaron que lo hiciera, pero lo cierto es que lo pedí yo.

Quería contarles a todos mi vida al lado de la TíaA.

Unas semanas antes de la fiesta, LaMamma me había traído una bolsa con ropa de parte de la TíaA. Una de tantas del trajín éste que nos traemos de “ahora no me vale”, “ahora para ti”, “ahora ya no me gusta”, “ahora me gusta tanto que te la regalo”, “lo de Japy Japo para el Koala, o para La Plon, o para quien sea”… La dejé en la puerta de casa y, ya por la noche, le eché un vistazo. Entre todas las prendas encontré una especialmente importante: mi camiseta de los pavos. Un pavo y una pava con las plumas hechas de tela que sobresale y un lacito negro con una piedrecita brillante en cada uno de sus cuellos.

Lo cierto es que hasta que no empecé a preparar lo que quería decir en la fiesta no me di cuenta de que en realidad no eran pavos, que eran avestruces, pero nosotras le llamábamos “la camiseta de los pavos”… y aquello era lo de menos…

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Me había comprado esa camiseta antes de que llegara el cáncer. Me la compré y pensé: “mi hermana va a flipar cuando la vea”. Y flipó… ya lo creo que flipó. La quiso desde el momento en que la vio, pero no se la regalé. Es que a mí también me gustaba mucho… Pero le dije que se la prestaría en el pueblo, eso sí. Al final nunca se la dejé hasta que, al año siguiente, después de la primera o la segunda operación, no recuerdo bien, yo estaba en su casa preparando las maletas para irme y la vi. Pensé que era el momento de hacerlo y me fui a su cuarto. Se la di. Ella no quería, decía que a mí me gustaba mucho, pero yo quería que se la quedara. Se la iba a regalar, pero como se puso así… que sacó medio armario suyo para que me llevara a cambio, le dije que no era un regalo, que era un préstamo. Y que me la tendría que devolver CUANDO SE CURARA. Así, en mayúsculas también. Porque yo tenía bien claro que se iba a curar.

Se curó. Y la camiseta volvió. Pero no lo hizo sola… volvió con la recuperación de la TíaA en la etiqueta y con nuestros corazones unidos en forma de pavo y pava… Volvió estampada de alegría y esperanza, volvió para hacernos sonreír, volvió para hacerme feliz cada vez que me la pusiera… (también volvió con una manchita amarilla en la manga, que todo hay que decirlo)… y volvió con algo más.

En la bolsa, entre la ropa, había una carta. Siete folios escritos por las dos caras, con su fecha en la cabecera, sus líneas perfectamente rectas (de plantilla, seguro) y su preciosa letra de maestra en azul Pilot. Siete folios, ni uno más ni uno menos. Siete folios en los que, no sé muy bien cómo, mi hermana había sido capaz de encajar la inmensidad de un “lo siento”, de un “te quiero”… la grandeza de la REPARACIÓN.

Cuánta falta nos hacía…

Es que no fue fácil ser su hermana pequeña. Ahora parece difícil de creer, pero no siempre nos hemos llevado bien… En realidad nos hemos pasado más de media vida peleándonos. Recuerdo el último mes de agosto en el pueblo antes de que yo me fuera a estudiar a Madrid. Nos peleábamos en el baño de arriba, me empujó y me tiró a la bañera. Yo le arreé con el secador. ¿Por qué? Pues no sé. Por ganar, me imagino. Por mandar. Porque las dos queríamos secarnos el pelo al mismo tiempo. Por hacerlo las primeras, porque a la última le tocaba recoger, quizá. No sé.

Es curioso, pero casi todos los recuerdos de mi hermana en mi infancia están relacionados con su pelo. Negro azabache, liso, brillante, anudado en dos trenzas en el cole, en coleta en el pueblo, rizado cuando tocaba, con flequillo, sin él… todo le quedaba bien. No como a mí… que no lo tenía ni castaño ni rubio, ni largo ni corto… “Pelo de rata”, decía LaMamma… Miraba su pelo y me daban ganas de acariciarlo todo el tiempo. Su pelo… el mismo que el verano que el cáncer quiso pasar con nosotros tuve que recoger a puñados del lavabo por las mañanas mientras ella lloraba sin que yo encontrara palabras de consuelo, el que quitaba de su almohada, el que barría a escondidas para que no viese los montones.

En su carta decía que a ella le gustaba el mío. ¡Qué ironía! Que le gustaba tocarlo cuando ella ya no tenía.

La TíaA suele decir que casi no tiene recuerdos de su infancia, de los primeros años. Debe ser porque los tengo yo todos. Recuerdo el ruido del batir del tenedor en la cocina de nuestra primera casa cuando mamá preparaba tortilla. Después el ruido del huevo cayendo en la sartén y enseguida su llamada. Recuerdo la mesa pequeña de la cocina, donde nos chocaban las rodillas y mi hermana protestaba. Recuerdo cenar en camisón y con el pelo recién lavado. Sólo había tregua cuando tocaban alitas de pollo. Entonces la TíaA desplegaba todos sus encantos y me dejaba dormir en la litera de arriba a cambio de que me comiera las suyas. Y eso que me hacía pis y ella estaba segura de que aquello calaría hasta la cama de abajo.

Recuerdo que me sentía segura a su lado. Cuando íbamos al colegio por las mañanas en camioneta, seguía a mi hermana hasta la parada del autobús. Digo “seguía” literalmente porque siempre iba detrás de ella. Esperarme no era de las cosas que más le gustaban, precisamente. Esperábamos, pasaban varios autobuses… hasta que ella decía “ya viene”. Me parecía magia… ¡si eran todos iguales! Cuando íbamos a Madrid en metro mi madre nos daba instrucciones por si nos perdíamos: “si yo me quedo en el vagón y vosotras os bajáis, me esperáis ahí, que yo vuelvo a por vosotras; pero si me bajo yo y os quedáis vosotras, entonces os bajáis en la siguiente parada y me esperáis, que yo llegaré en el siguiente tren”. Juro que intenté entenderlo todas y cada una de las veces que nos lo dijo, pero al final sólo podía pensar: “yo me pego a mi hermana, que seguro que ella lo ha entendido”.

Cuidaba siempre de mí. Es verdad que por obligación, pero al final lo hacía. Una vez, en no sé qué colegio, se formó un revuelo porque una “de las mayores” se había resbalado en el patio helado y parecía que se había roto una pierna. Corrimos todas y allí, en el suelo, estaba mi hermana. Me asusté un montón, pero enseguida llegó una profesora para despejar la zona. Nos quitó rápido del medio a todas. A todas menos a mí. “Ella que no se vaya, que es mi hermana”, dijo. Y me tendió la mano. Fue la primera vez en mi vida que me hizo sentir importante. O al menos la primera que recuerdo. Hasta que en aquellas líneas escritas en Pilot azul me confesó que, mientras vivía su pesadilla, le tranquilizaba pensar que sus hijos no podían estar en mejor lugar que conmigo. Y que le había dado la fuerza que ella no tenía. Que mi coraje había alimentado el suyo. Que sin mí no hubiera podido.

Ella… que todo lo hacía mejor que yo. Que era más guapa, más divertida, más carismática, más segura. Lo único que se le acabó rápido fue lo de ser más alta… También era mucho más lista. Una vez tuvo que ayudarme con las matemáticas. El problema decía algo así como: “Tienes 800 gramos de arroz. ¿Cuántos kilos tienes?”. Yo le decía “ninguno”. Y ella se desesperaba… “¿cómo que ninguno? ¡Ninguno no es la respuesta!”. Debo confesar que, a día de hoy, sigo pensando que yo tenía razón: si tienes 800 gramos de algo no tienes ningún kilo, se pongan como se pongan. Es evidente que la pregunta estaba mal formulada. Quizá por eso yo me dediqué a las letras, quizá por eso soy ahora tan pesada con la ortografía y la corrección en la expresión. Quizá por eso… ella es ahora maestra.

En mis recuerdos de niñez, mi madre y mi hermana están siempre juntas. Siempre. Se reían, casi todo el tiempo se reían. Las tres juntas también, pero sobre todo ellas. Sin embargo, mi primer recuerdo de mi madre es a solas con ella. Me hacía cosquillas en su cama de aquella primera casa en la que vivimos y me cantaba “borriquito como tú”. Yo me moría de la risa. Recuerdo un día de verano que el autobús del colegio giró una calle y allí, en la parada, estaba mi madre. No sé quién me recogería habitualmente, supongo que ella… o a lo mejor ese día lo hacía ella porque mi hermana no iba en el autobús… no sé…¡pero allí estaba! Y el corazón se me salía del pecho mientras esperaba que se abrieran las puertas. Y es que lo de que me recogieran en el colegio me ha dejado un poco de trauma. Mi madre nunca iba, se encargaba mi hermana de traerme y llevarme, y a mí me daban tanta envidia las otras niñas… un día le escribí una poesía a LaMamma por la mañana, se la dejé en la mesa de cristal del comedor y le puse una nota al pie: “Por favor, ven a buscarme al cole”. Fue. Y además me compró un bollo. Una trenza de la pastelería de en frente del cole. Ahora, cada vez que recojo a mis hijas del cole pienso en ese día. Y pienso en lo difícil que debían ser para mi madre tantas cosas… Porque la vida me ha enseñado que, hasta que no tienes hijos, no terminas de entender a tu madre. Y que el vínculo con ella adquiere otra dimensión en el momento en que te conviertes en mamá.

Pero vuelvo al día de la fiesta… que me despisto…

Los días previos me puse a escribir mis palabras y salieron todos estos recuerdos pero, de repente, ya no pude escribir más.

Quería contar cosas preciosas de las tres, quería hablar de lo que mi hermana me había enseñado, de anécdotas emotivas y de recuerdos felices… y no me salían. Así que me dije… “¡ATPC! ¡Escribe lo que te salga!”

Y es que las cosas no fueron fáciles para nadie. No fue fácil para mí ser la hija y la hermana pequeña, no fue fácil para mi hermana ser la hermana mayor de alguien como yo, que era redicha, torpe y algo repelente. Toda la vida cargando con la mochuela de su hermana cuando las dos éramos sólo dos niñas. Sólo puedo decir en mi defensa que hice todo lo que estuvo en mi mano por estar a la altura. A la altura de las dos, de mi madre y de mi hermana, que eran una sola para casi todo. Decía mi hermana en su carta que recuerda un tiempo de ausencia, como si hubiésemos dejado de ser hermanas… y es verdad. Desde que tengo uso de razón me recuerdo a mí misma deseando volar. Recuerdo que mi hermana le decía a mi madre que nunca se iba a ir de casa, que siempre iba a vivir con ella. A mí me parecía una idea horrible, pero si mi hermana lo decía… ¡pues yo también! Entonces mi madre protestaba: “¡Sí, hombre! Aquí en casa toda la vida a la sopa boba… ¡de eso nada! En cuanto cumpláis los 18, ¡cada una a su casa!” Yo respiraba aliviada. Mi hermana lloraba… entonces mi madre recapacitaba y decía: “bueno, vale… pero si os queréis quedar aquí tenéis que aprender a hacer algo”. A la TíaA le tocó cocinar y a mí, coser. Y yo pensaba: “vale… pues no aprendo a coser… ¡y así me tengo que ir!”.

No sé si será por eso pero, a día de hoy, yo no coso ni un botón… y mi hermana cocina de cine…

Y es que hay veces que hay que irse para poder volver. Yo me fui, tuve que irme para encontrar mi sitio. Sé que hice daño, sé que me perdí muchas cosas, que me equivoqué en algunas decisiones y que acerté en otras. Estuve enfadada mucho tiempo pero lo que sí puedo y debo decir bien alto es que siempre, siempre, siempre, en todo momento… supe que mi familia me quería. Siempre supe que podía volver, que ellos estarían ahí. Incluida mi hermana. Sobre todo mi hermana. Porque en el fondo siempre supe que me quería.

Mi tiempo de vuelo me sirvió para darme cuenta de que no era tan torpe, ni tan poca cosa… y también para comprender que, aunque a la familia no la eliges, las ataduras de esa imposición hacen que la unión sea distinta a cualquier otro lazo creado con personas cuidadosamente seleccionadas.

El Niño Pizo fue el primero que me lo hizo ver. El día que nació me puse tan pesada que mi jefa de entonces me dijo “¿si te dejo ir esta tarde La Ciudad Innombrable me prometes que mañana por la mañana estarás aquí?” Volé a la estación y me monté en un tren sin billete. Me pilló el revisor y me dijo que me tenía que bajar a mitad de camino, pero lloré tanto, le dije que era tan importante para mí llegar a mi destino, que debió pensar que me moría o algo así. Así que llegué, corrí, entré en la habitación y vi a ese “minicuñado” en su cunita de cristal… y supe que formaría parte de mi vida para siempre, que le querría siempre, por encima de cualquier cosa, pasara lo que pasara, que le querría hasta el día que me muriera y aún después. Y pensé que nunca podría agradecer lo suficiente a la TíaA que le hubiera regalado un nuevo miembro a nuestra familia. No se lo dije en su día, pero pude decirlo en aquel discurso: “gracias, TíaA… gracias de corazón”.

El Niño Pizo nos acercó a todos, pero fue sólo el principio. Seguíamos buscando nuestros sitios, recolocándonos todos, pero más cerquita. Llegó el año de mi boda y pasaron cosas que ahora ya no importan ni un jamón… pero que, por lo menos para mí, fueron vitales. Vitales porque, equivocada o no, me hicieron enfrentarme a mis fantasmas por primera vez y dar ese puñetazo en la mesa que probablemente sólo necesitaba yo. O no. A lo mejor lo necesitábamos todos. Y entonces mi hermana volvió… y me cortó la cabeza de la pescadilla, que a mí me da mucho asco. Y nos reímos. Y me dijo: “es que hay cosas que no cambian nunca”.

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Y entonces llegaron la Ingeniera de Cominos, y Japy Japo, y mi Medianita Favorita, y El Pompón. Y se fueron los que se tenían que ir. Y llegaron los veranos maravillosos de verdad. Y las risas, y la complicidad de hermanas, y las ganas de estar juntas todo el rato y la absoluta certeza de poder contar con ella para todo.

Y llegó nuestra MADRE. Que nunca se había ido, eso es verdad… pero que llegó con el corazón abierto y los brazos para todo. No soy capaz ni siquiera de pensar qué hubiese sido de mí sin ella. Si hay algo que intento transmitir a mis hijas es que, pase lo que pase, pueden contar conmigo. Que aunque hagan algo mal, aunque tenga que regañarlas, aunque se metan en un lío… yo siempre estaré ahí. Y lo hago con ímpetu porque hasta que mi madre no me dijo que estaría a mi lado tomara la decisión que tomara, yo no me decidí a dar el paso que, definitivamente, cambió mi vida de forma radical y a infinitamente mejor. Y por eso también dije “Gracias”. Porque gracias al apoyo incondicional de mi madre pude ser valiente y hoy soy feliz. Tan feliz que ni yo me lo creo.

Pero entonces llegó el “puto cáncer de mierda” (con perdón) a trastocarlo todo. ¡Joder! Con lo fácil que es decirle a los demás: “¿cáncer de mama? ¡Bah! Ése es de los buenos… un añito malo y a vivir”. Ya, ya… Fue lo primero que pensé, eso es verdad, pero luego… de repente me encontraba a mí misma pensando “¿y si se muere?”. Se lo preguntaba al Bro –que entonces aún estaba a mi lado- muchas veces: “no se va a morir, ¿verdad?”… y él me decía: “pues claro que no”. Y eso me tranquilizaba, no sé por qué, como si el Bro fuera oncólogo o adivino… Es increíble lo que hace la cabeza, porque cuando me quería dar cuenta estaba resolviendo asuntos tan absurdos como qué hacer con la peluca si se moría, o cómo convencer a mi cuñado para que se mudara de ciudad y poder así encargarme un poco de los niños… o cómo hacer para irme yo allí… cómo podía pedir el traslado… cómo iba a consolar a mis padres, qué le iba a decir a las niñas… Hasta que llegaba al Niño Pizo y a Japy Japo y ahí salía del ensimismamiento. “¡No, no!”, pensaba. “Hasta aquí. No se va a morir y punto”.

Llegó. Lo pasamos. Quise estar más cerca, quise hacerlo mejor… pero hice lo que pude. Todos hicimos lo que pudimos menos LaMamma, que lo hizo todo. Aquel verano bañado de quimioterapia me decía mucha gente: “¡qué valiente eres! ¡Te vas con los cinco niños al pueblo tú sola!” ¿Valiente? ¿Yo? Valientes los que se quedaron con ella… valiente la que pasó la quimio, la que acompañó y consoló aun sin tener consuelo, valientes los que no encontraban ni las palabras ni el hueco…

Todos los que nos juntamos aquel día habíamos pasado el cáncer con la TíaA. Y seguimos pasando con ella todo lo que le sigue pasando. Todos los que nos reunimos para que a la TíaA se le curara el corazón la habíamos visto cambiar física y emocionalmente. La rabia y el enfado del principio, el agotamiento, el cansancio, el despertar de un día con otra visión, el empuje, su nuevo brillo en los ojos, su nueva risa, su nuevo pelo, ¡su nuevo todo!

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Unos meses antes de la fiesta, en septiembre, las niñas y yo fuimos unos días a su casa. Estábamos las dos en su baño, yo recién salida de la ducha y ella a punto de entrar. Me estaba contando no sé qué y se reía. Mientras hablaba se quitó la ropa, yo la miraba por el espejo, se quitó el pañuelo y abrió el grifo. Todo sin parar de hablar. Yo reconocía su voz, su risa, la reconocía a ella… pero su cuerpo… Tuve que salir y, cuando estaba llorando en el otro baño, pensé que no tenía derecho a hacerlo. Que no se lo merecía. Y dejé de llorar para celebrar con ella que hay otras formas de ver la vida y acompañarla en su nuevo camino.

Me dijo en su carta que se sentía rara, pero que a veces pensaba que el cáncer había sido una de las mejores cosas que le habían pasado. Hombre… yo creo que había revulsivos mejores para unirnos, pero… lo cierto es que aquel día, viendo a tanta gente unida a su alrededor, celebrando que estábamos juntos y vivos, que nos queríamos y que la queríamos… entendí que algo de razón había en toda esa locura y que, aunque teñidas de rosa para siempre, nuestras vidas serían a partir de entonces distintas, tendrían una nueva luz, una perspectiva desconocida… y que sería mucho más fácil, infinitamente más fácil, darnos la oportunidad de ser felices.

Feliz Cumpleaños, TíaA.
Por favor… cumple muchos más.

7 comentarios en “La camiseta de los pavos (o cumpleaños feliz, TíaA)

  1. Reyes dijo:

    Madre mia, siempre q leo algo tuyo me pongo a llorar como una magdalena. Pero me imagino q me pasara a mi con mi hermana q se llama A como la tuya, y no podría haberlo transmitido mejor. Eres una persona maravillosa, y tiene suerte tu familia de tenerte para este y todos los momentos.un besazo preciosa

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