Findes alternos

Ella es así. Feliz.

No tardé mucho en darme cuenta de que Mi Medianita Favorita vive en su propio planeta, ese en el que de mayor puedes elegir entre ser Koala u Oso Panda, en el que las cosas bonitas llegan a tus sueños marcadas por una ruleta mágica y en el que lo mejor que te puede pasar durante unas vacaciones intensas  y apasionantes es “dormir”.

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Dentro de unos días hará cinco años que nos divorciamos el Padre de las Criaturas y yo. Divorcio oficial, porque separados ya llevábamos un tiempo y haciendo vidas diferentes… bastante más.

El caso es que, desde entonces, nos hemos alternado los fines de semana con Las Monas, nos hemos repartido las vacaciones a partes iguales y han pasado todos los lunes de su vida con él, con sus noches incluidas. En todo este tiempo, salvo algunas excepciones puntuales, el ritmo no se ha visto alterado.

La Ingeniera de Cominos fue la que peor lo pasó. Al principio, hasta que estuvo todo organizado por convenio, me preguntaba cada mañana quién la iba a llevar al cole, quién la iba a recoger y con quién estaría en casa por la tarde. Todos y cada uno de los días hasta que pude explicarle de forma definitiva cómo nos íbamos a organizar. No le servía que le intentara tranquilizar diciéndole que siempre iríamos a recogerla, que nunca se iba a quedar sola, que daba igual si iba él o iba yo, porque nadie iba a abandonarla jamás a ella o a sus hermanas.

“Ya… pero HOY… ¿quién va?” –insistía. Así cada día hasta que pude ofrecerle una respuesta definitiva.

Mi Medianita Favorita nunca preguntó. Bien es cierto que era muy pequeña, pero jamás se mostró preocupada. Se iba con quien tocara con su pulgar en la boca, sus guau-guaus bajo el ala y una sonrisa eterna en los labios.

Cinco años han pasado desde entonces. Cinco años de fines de semana alternos, lunes con pernocta y vacaciones al 50 por ciento. Cinco años de rutina marcada. De cadencia precisa. Casi suiza.

Así hasta que el fin de semana pasado, estando juntas, Mi Koala me preguntó algo sobre el fin de semana siguiente. “Pues no lo sé, cariño”, le contesté, “porque el fin de semana que viene estarás con papá, así que tendrás que preguntarle a él”. Ella volvió rápidamente su cabeza hacia mí y, frunciendo levemente el ceño, me miró de reojo y me dijo: “pero… ¡si ya estuvimos con él el fin de semana pasado!”. Yo, sin darle demasiada importancia al comentario, añadí: “pues por eso. El fin de semana pasado con papá; este conmigo y, el próximo, con papá otra vez”. Entonces se detuvo, me hizo detenerme a mí también con un gesto de la mano y, mostrando su duda con los hombros, me preguntó: “¿Qué pasa? ¿Es que vosotros os turnáis los fines de semana o qué?”. Así, sin despeinarse, oye, como si la cosa no fuera con ella.

Ahí fui yo la que miró de reojo, intentando comprobar si hablaba en serio o si, a sus siete años, me estaba ya vacilando. “Hija… que llevamos cinco años separados… ¡y llevamos así todo este tiempo!”. Entonces se le abrieron esos ojos inmensos que tiene, iluminados como dos faros en la oscuridad, y con la boca llena de asombro, exclamó: “¿¿¿EN SERIOOOOO???”

Se reía de mí, estaba claro. Por un lado estaba convencida de que se burlaba de mí pero, por otro… lo hacía taaaaaan bien… ¡que era imposible que estuviera actuando! “¿Me estás tomando el pelo, verdad?”, inquirí. “¿Yo? No… ¿Por qué?”, me respondió con dulzura y sin comprender mi pregunta.

Me la hubiese comido allí mismo, así, sin patatitas ni nada. Me dio hasta envidia. ¡Qué felicidad la suya! ¡Qué despreocupación! ¡Qué manera tan maravillosa de vivir la vida!

“Pues sí, cariño. Nos turnamos los fines de semana desde hace cinco años”, le confirmé. Miró un poco hacia el infinito, procesando la información, y a los pocos segundos regresó de su propia reflexión y añadió muy seria: “Oye… pues es una gran idea, mamá…”

Entre risas, aproveché para aclararle algo más de su propia vida: “y que sepas, además, que todos los lunes te vas con papá y en vacaciones pasas la mitad del tiempo con él y la otra mitad conmigo”. Estos datos fueron reveladores. Asintió de forma grave con la cabeza, fijó de nuevo en mí su mirada y concluyó:

“Claaaaroooo… ¡¡AHORA LO ENTIENDO TODO!!

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