Tengo un vacío lleno
de cosas.
Un vacío lleno
de cosas bonitas.
Lleno de Amor. Familia. Amistad.
De felicidad construida.
Levantada
día a día
piedra a piedra.
Tengo un vacío lleno
de cosas.
Un vacío lleno
de cosas bonitas.
Lleno de Amor. Familia. Amistad.
De felicidad construida.
Levantada
día a día
piedra a piedra.
Hoy hace un año que perdí a mi hermana.
Aunque creo que la frase que mejor expresa el dolor por mi pérdida es “hasta hace un año yo tenía una hermana”.
Una única hermana, además.
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Misa funeral por mi hermana
Herreros (Soria)
Mi familia -mi familia de origen: mi padre, mi madre, mi hermana y yo- siempre fue un poco titiritera. Mi hermana y yo pasamos toda nuestra infancia y adolescencia de ciudad en ciudad, de colegio en colegio…
Cada cuatro años, más o menos, teníamos que empezar de nuevo. Y aunque en cada lugar que dejábamos moríamos un poco, cada nuevo destino era también una oportunidad para reinventarnos, para ser una familia un poco distinta.
Durante todos esos años… e incluso después, cuando cada uno eligió dónde y cómo vivir, solo un lugar permaneció constante en nuestras vidas: este lugar. Herreros. Para nosotros, «el pueblo», sin más.
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Mi hermana no era solo mi hermana.
Mi hermana era también madre de sus hijos. Era hija de mi madre y de mi padre y mujer de su marido. Era amiga, paciente del hospital, compañera de inglés, catequista, profe.
Era primi y «cuñá»…
Era la tía A…
Mi hermana tenía una cara que mostrar a cada persona, según el contexto.
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Una de las cosas que más me preocupaba cuando estaba casada con El Padre de las Criaturas era qué iban a aprender Mis Monas sobre el amor. Sobre la vida en pareja, el matrimonio, la convivencia…
No me gustaba el ejemplo que estábamos dando. No quería que crecieran pensando que eso que teníamos era lo normal. No quería que lo buscaran en sus futuras parejas.
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Solo coincidí físicamente con ella un par de veces, pero durante mucho tiempo sentí que formaba parte de mi familia.
Supongo que estarás harto de recibir mensajes de despedida.
Cansado de reproches, de que todos deseen que te acabes y que te vayas.
Que te vayas y que no vuelvas.
Por eso te escribo.
Porque me parece injusto tanto desprecio.
Y no quiero que te acabes sin despedirme de ti… y sin darte las gracias.
Gracias por la inesperada felicidad.
Por la ilusión.
Gracias por las risas, las mariposas y los calambritos. Por las chispas.
Gracias por los mensajes bajo las sábanas y las noches en vela.
Por el vino, las estrellas, los peces y los Beatles.
Gracias por los pinos. Por la nieve y el mar. Y por la pista de patinaje.
Gracias por la moto y el viento en la cara.
Gracias por los besos.
¡Por tooooodos los besos!
Por las caricias, la piel, las pupilas, las ganas, las lágrimas y el deseo.
Gracias por darnos la oportunidad de mirarnos de frente.
Y recorrer juntos este camino.
Gracias por los niños.
Cuando están… Y cuando se van.
Gracias por dejarme saber qué se siente
cuando te aman como tú amas.
Y de pronto todo encaja.
Sería absurdo negar que algunas cosas te han sobrado.
Lo de los piojos en Nochebuena no te lo perdono… 😉
Por todo lo demás…
Gracias. Muchas gracias.
Ojalá no te acabaras nunca.

P.D.: Y… gracias por el champagne… y la foto.
Que coman sano.
Fruta y verdura a diario.
Fibra, que beban agua, que vayan al baño.
No sé por qué siempre me toca a mí ser la madre.
Siempre el papel de adulta en esta obra interminable.
Qué fastidio. Sigue leyendo